Aula de Naturaleza 2017, Albarracín

Albarracín ha sido la última etapa de este proyecto. Si continúa, será con cambios y novedades que ya bullen por nuestras cabezas.

Nos hemos acercado al mundo natural buscando experiencias que nos ayuden a comprender nuestro entorno, para asimilarlo, para tener recuerdos, imágenes, sensaciones… que nos sirvan de trampolín cuando estemos frente a algo nuevo y podamos darle forma porque ya hemos estado en algún lugar similar.

Nos hemos encontrado también con nosotros mismos, nos hemos dado cuenta de que podemos hacer mucho más de lo que creemos. Caminar por lugares complejos, soportar calor y frío, lluvia y viento. Mantener el interés y tener una actitud positiva frente al aprendizaje, las incomodidades, los miedos. Y ganar confianza en nosotros mismos, porque si se quiere y se intenta, se puede.

Salimos -no todos, lástima-, pero los que fuimos, nos íbamos reuniendo por el procedimiento del goteo. David recogió a Esther y a Eduardo en Huesca. Ya en Zaragoza se sumó Luis con la furgoneta. Y de camino… ¡poooom! reventón en la Autovía Mudejar pasado el Puerto de Paniza. Líos con el gato, con la palanca, con el manual de instrucciones y el reloj que no para. El chico del seguro hizo un claro y certero diagnóstico. “Ha petao”. Hummmm, vale. La Guardia Civil llega y nos vigila la posición. Eso le cuesta una denuncia a un camión que pasaba por allí.

Con el retraso acumulado tendríamos que poner a prueba una vez más nuestra capacidad para reconducir el programa, pero de momento recogemos a Daniel en Calamocha y a Mateo en Cella, por cierto, curiosa la gasolinera, ideal para rodar una película de miedo.

Ya estábamos todos y dispuestos a cumplir con el programa. De momento tocaba comer, y eso no se perdona. En Gea de Albarracín encontramos una sombra a la entrada de la Ermita de San Roque y allí que nos pusimos, y bien que nos vino, pues un molino de agua que vimos al pasar nos sirvió como primera actividad del día. Entender cómo el agua mueve las palas de la rueda, y sube en varios depósitos para dar servicio a un lavadero, nos llevó un rato. Las dimensiones del molino nos permitieron poder manipularlo a destajo hasta comprender su funcionamiento.

Teníamos cita en Mar Nummus, uno de los centros de Dinópolis, para realizar una visita con los técnicos del lugar por lo que salimos ligeros para no llegar tarde. Allí desplegamos nuestros cuadernos de campo que nos sirven de guía durante las excursiones. Recogemos textos explicativos de los lugares que vamos a visitar, adjuntamos planos y láminas con dibujos en relieve, y les dedicamos un tiempo antes, durante y después de cada actividad, leyéndolos y reflexionando sobre su contenido. Esta vez los teníamos ajustados a un tamaño más manejable (DIN A4) y se nos engordaron un poquito, como quedó claro cuando los chavales lo calificaron de “tochazo”.

En Dinópolis tuvimos ocasión de manosear los fósiles más grandes y también alguno de los pequeños. No pudimos ablandar a la encargada para que nos dejara levantar alguna vitrina y acceder a la enorme colección que allí tienen, sin embargo sus explicaciones siempre fueron ajustadas a nuestro interés y nos enseñó varios muñecos para conocer la forma de algunos de los dinosaurios a los que hacía referencia.

Tras despedirnos y agradecer su amabilidad, marchamos hacia Albarracín, que ya era hora de llegar. Nos hicimos un lío para aparcar la furgoneta en el lugar más adecuado y tuvimos que andar un poco arrastrando bultos hasta llegar al alojamiento. Eso nos sirvió para tener una primera aproximación a la localidad y probar el navegador de nuestros móviles para no perdernos. Una vez instalados en el Albergue Rosa Bríos, nos dimos cuenta de que éramos los únicos huéspedes del local. Reconocimos la habitación, repartimos literas, dejamos las cosas localizadas y ordenadas, y partimos a conocer las calles.

Google Maps nos llevó, más o menos, a la Plaza del Ayuntamiento. Sus indicaciones orales no se aprenden a seguir a la primera, pero nos dimos cuenta de que es una magnífica herramienta para navegar por las calles, claro, después de un poco de aprendizaje. En la Plaza leímos un rato nuestro cuaderno e identificamos en el plano la forma de la localidad. En todo momento estuvimos amenizados por el repique sin fin de las campanas de la Catedral hasta que decidimos ir a buscar las murallas y una de las Iglesias en un ejercicio de orientación por la caótica disposición de las calles dado su origen medieval y la orografía del lugar. Nos centramos en la reputada forja que adorna portones de casas señoriales y en la facilidad con la que se debía de defender la plaza de asaltos medievales. El paseo por las calles nos familiarizó con la estrechez y anarquía de su urbanismo, pero llegada determinada hora, echábamos de menos tumbarnos un rato en la habitación hasta la hora de la cena. Y eso hicimos.

Tras una cena cumplida y generosa decidimos que sería bueno aprovechar la magnífica temperatura de la noche y salir a evaluar el proyecto. Con unos helados en la mano parece que se piensa mejor y allí nos sinceramos. Tomamos nota de aquello a destacar y de lo otro a mejorar, de los cambios de formato que podrían aumentar nuestra implicación y de las fechas más adecuadas para realizar las salidas. Llegará septiembre y tendremos que planificar, pero entre tanto llegó la hora de irse al saco y de dormir un poco, que llevábamos muchas horas en danza.

Caímos en seguida, por eso cuando sonó el despertador gruñimos un poco. Recogimos, desayunamos, cargamos furgoneta y marchamos a conocer el meandro del Río Guadalaviar. Para acceder a él, hay que cruzar la muralla y descender hasta el encajonado cauce por un sendero pedregoso. Ya a las orillas del río, con el sonido del agua como fondo, recorrimos la ribera y el sotobosque, parándonos en las paredes para explorarlas y siguiendo la ruta de las pasarelas que nos permiten pasos que serían imposibles sin su ayuda. Pero entretanto, teníamos que arreglar la rueda pinchada y aprovechamos el momento de compras del supermercado para calzar bien a la furgoneta.

Hechas estas faenas, tocaba poner rumbo a los Pinares de Rodeno. Allí descubriríamos los caprichos de la arenisca para modelar las formaciones rocosas que desde tiempos de la prehistoria acogen a unas singulares pinturas rupestres descubiertas por fases desde finales del siglo XIX hasta los años ochenta. Nuestro cuaderno de campo recogía una muestra en relieve de los dibujos más destacados que íbamos a encontrar. La curiosidad de otros visitantes por nuestros cuadernos hizo que tuviéramos compañía durante un rato.

Nos esperaba la hora de comer y un largo viaje hasta Zaragoza. Durante el camino de vuelta no tuvimos ninguna incidencia ni nadie se durmió. Una animada charla hizo corto el trayecto hasta la residencia del Colegio Jean Piaget de Zaragoza donde íbamos a pasar la noche. Lástima de piscina, que estaba sin agua.

Cenamos en una pizzería a modo de fiesta de fin de curso, unas pizzas bien ricas dicho sea de paso, y caímos rendidos en la cama bien entrada la noche. Lo de la alarma que se disparó al amanecer lo contaremos en otra ocasión.

Aula de Naturaleza, curso 2016- 2017

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