María Delgado, 100m mariposa, Río 2016

Tiene que ser muy emocionante. Caminar por el pasillo que da acceso a la piscina olímpica, llenar los alvéolos con el penetrante olor a cloro, reconocer el preámbulo familiar del calor húmedo de las piscinas cubiertas… y sentir el amparo de las miles de horas de entrenamiento junto a la incertidumbre del momento y las expectativas propias y ajenas que depositamos en lo que vamos a vivir dentro de nada. El sonido cambia, ha entrado en el recinto, el eco es enorme y la algarabía del público hace imperceptible las palabras de la megafonía. Dentro, sólo los propios pensamientos y el eco de las palabras del entrenador. Los que la conocimos desde pequeña vemos orgullosos a aquella niña atenta y vivaracha, alerta a las palabras de sus mayores y nerviosa por hacer bien las cosas. Desde entonces María es “yo puedo”.

Se quita el chándal, lo deposita sobre una silla y en un gesto mecánico, repetido miles de veces, manosea las gafas elásticas. Frente a ella, la banqueta de salida de la calle 3. Últimos retoques al ajustado gorro, unos pocos estiramientos tan automatizados que parece que escapan a su voluntad. Corre por el recreo, recibe la pelota y dribla a un compañero. Menuda, ágil y muy viva, más que muchos de los que se disputan un hueco en el asfalto del patio. Encara la canasta, frena la carrera y lanza.

Se acerca al borde de la piscina y moja las manos. ¿Qué puede estar sintiendo? Acaricia el Olimpo de la élite del deporte. Sube con determinación, aupada por un gesto realizado cientos de veces. Desde lo alto de la banqueta, María y las otras seis nadadoras de la tercera semifinal ejecutan los mismos movimientos como si de una coreografía ensayada se tratara. Flexionan las rodillas, se sujetan al borde de la banqueta, unos segundos y la voz del juez dará la salida. María sale de su casa dando saltitos, rápida. En la esquina la esperan unas amigas de clase. A veces cruzan en verde, a veces como muchos otros críos camino del colegio, cruzan en rojo, a la carrera. María tiene un artilugio que hace piar a los semáforos cuando se ponen verdes y ya en clase, conecta su lupa televisión.

Durante unos instantes el jaleo del público desaparece y no escucha nada, tan sólo espera la orden para poder lanzarse al agua y hacer una buena recuperación subacuática asomando la cabeza de las primeras. Por fin, salta fuerte, bucea veloz y vapulea el agua con el vigor de sus brazos. El récord de España tiene los segundos contados.

Han pasado unas horas, las justas para descansar un poco. La presión aumenta. Se cruzan sus mensajes con los de la familia y amigos, mensajes de ánimo, y de enhorabuenas. Sí, tiene que ser muy emocionante estar entre bambalinas esperando asomar a la final. ¡Una final olímpica! Vuelve a recorrer con paso firme el mismo pasillo. Al asomarse escucha su nombre por megafonía. María Delgado, España por la calle uno. Avanza tímida a paso firme, sonríe sin poder evitarlo y feliz, sabiéndose observada por miles de personas. Llega hasta su silla y se despoja del chándal mientras se anuncia a la nadadora de la calle dos. María Delgado llegó por méritos propios desde Zaragoza hasta el Centro de Alto Rendimiento de Madrid, desde el Bachillerato hasta el INEF. Atrás quedan las horas de piscina del Centro Deportivo “José Garcés” y las calles de veinticinco metros. Ahora, sobre la banqueta de salida dos recorridos de cincuenta metros, y a su izquierda las poseedoras del record del mundo en esta especialidad.

Un paso arriba y ya está sobre la banqueta de salida. Todas las nadadoras adoptan la misma postura, inclinadas sobre su cintura, las manos a la altura de los pies, movimientos de cuello para ayudar a la concentración, brazos que se agitan soltando nervios. A la voz de alerta sus cuerpos se ponen rígidos, en tensión. Una voz más y explotarán.

Final Olímpica, 100 metros mariposa. Río 2016

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Una respuesta a María Delgado, 100m mariposa, Río 2016

  1. RIA dijo:

    gracias por este comentario, me he introducido en la piscina con ella, gracias de nuevo y felicitarte por tu forma de expresar

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