Daroca y espaguetis.

Por Javier Ordóñez

La ciudad de Daroca apareció ante nosotros como uno de esos Exin-Castillos de juguete repletos de almenas y arcos góticos por los que la vida fluía sin sobresaltos bajo el frío matinal de aquel 5 de noviembre.

Una de las entradas a la villa de Daroca   Otro de los arcos de acceso a Daroca

Recorrimos con el autocar la calle principal en cuyas fachadas predominaba la piedra de sillería y llegamos hasta la famosa fábrica de pastas Romero para visitarla.  Allí nos ataviaron con una especie de gorrito indescriptible, luego nos dieron una larga charla sobre las excelencias y virtudes de sus productos, claro, no podía ser de otro modo, y después nos arrojaron en fila india a las entrañas de la fábrica donde el ruido y el calor nos hicieron envejecer diez años.  Menos mal que de vez en cuando la guía nos daba puñados de pasta en proceso de cocción para toquetearla y así distraernos un poco de aquel intrincado laberinto con olor a harina.  Lo mejor de todo fue cuando nos obsequiaron a la salida con varias bolsas de dicha pasta que ahora mismo no recuerdo dónde las puse.

Torrea almenadas observadas desde la muralla.

A la una del mediodía el autocar nos devolvió a la ciudad y pudimos disfrutar de una hora libre para comprar o tomar algo antes de llevarnos al restaurante concertado por Isabel y degustar en él un menú decente.

Un poco más tarde, a eso de las cuatro de la tarde, la guía turística nos provocó a todos un terrible flato haciéndonos subir y bajar cuestas imposibles en busca de la historia de la ciudad. Visitamos un par de antiguas iglesias y en una de ellas pudimos contemplar tras un cristal a prueba de misiles los Sagrados Corporales de la ciudad gracias a una enorme monja que nos deleitó en voz alta con varios Padre Nuestros y media docena de Ave Marías.  Quedamos alucinados cuando la monja se arrodilló después ante la reliquia como en un cuadro tenebrista de Caravaggio y he de confesar que algunos de nosotros parecíamos en ese instante las famosas caras de Velmez por tanto misticismo espontáneo.  Por último esa misma monja se colgó una riñonera en la cintura para el cambio y nos vendió lotería de Navidad. Todo un prodigio.

Daroca, Calatayud, Alcañiz, etc.  Por favor, Isabel, llévame de nuevo a otra ciudad para que mi vida vuelva a cobrar sentido… Javier Ordóñez.

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2 respuestas a Daroca y espaguetis.

  1. Pilar dijo:

    Javier, me encantan tus relatos sobre los viajes, son descriptivos, ingeniosos, divertidos y muy originales. Animaremos a Isabel a que pueda tener más opciones de viajes, pero por favor, no faltes a ninguno y no dejes de deleitarnos con tu magia narrativa.
    Una seguidora de este blog.
    Pilar

  2. Malaquita dijo:

    Javier, me he divertido mucho leyendo esta crónica!!! Enhorabuena.

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