Alcañiz, imparables

Por Javier Ordóñez Martín

-Hola, éste es el contestador de Javier.  Ahora no estoy en casa, pero tampoco te molestes en dejar mensajes porque no voy a escucharlos, me voy todo el día a Alcañiz.

Y dicho esto, el sábado 8 de junio me metí en la ducha a las 7:30 de la mañana con la incertidumbre de si sobreviviría o no al diluvio universal anunciado por los meteorólogos de la tele para ese día.  Lo cierto es que cuando salí a la calle comprobé aliviado que un tibio sol de invernadero rompía perezoso el espacio y también aquellos erróneos pronósticos de lluvia y bajas temperaturas.  Sonreí, aunque un poco más tarde, cuando el autobús puso rumbo a Alcañiz a eso de las nueve, creo que todos contrajimos el sarampión por la cantidad de ropajes y chubasqueros que llevábamos puestos.

Iglesia

En fin, un par de horas después comenzamos nuestra visita guiada al castillo de la orden Calatrava situado en lo alto de una empinada loma. Como cabía esperar el grupo sufrió algunas bajas a lo largo del trayecto por aquello de la pureza del oxígeno en tan altas cimas o altitudes, sin embargo un delicado guía turístico vestido de Versace hizo nuestras delicias en el castillo describiéndonos con gran acierto restos de pinturas románicas, escudos y la vida de sus antiguos moradores. La visita al monumento fue muy interesante, incluso para quienes eligieron como alternativa disfrutar de un café en los jardines del parador nacional.

Pasadizo

A continuación nos dejamos rodar exhaustos por la ladera y nos introdujimos en una estrecha gruta horadada en la roca que recorría el subsuelo de la ciudad. La verdad es que fue muy excitante caminar encorvados uno tras otro y esquivar a un tiempo los numerosos arcos de piedra que se interponían ante nuestras cabezas a lo largo de la galería.  Creo que también hubo bajas y descalabros en aquella especie de catacumba, aunque el grupo pudo reponer fuerzas más tarde con una magnífica comida en el restaurante concertado.

Tras el café, gentileza de la casa, el autobús nos llevó a un tranquilo y bonito estanque circundado de pinos que fue testigo de uno de los momentos más felices de mi vida. Por último y como colofón a un día cargado de emociones, visitamos el famoso circuito de carreras de Alcañiz.  Allí algunos de nosotros imitamos a los grandes de la fórmula 1 en unos mini cars que volaban a 400 ó 500 Kilómetros por hora. Debo admitir que se produjeron varias salidas de pista y algún que otro golpe sin consecuencias, pero fue sin duda otra experiencia inolvidable…

cascos

     Ahora, ya en casa, el día se apaga lentamente como una flor que alguien cortó y escribo estas líneas simulando ser un escritor con más o menos talento, pero un mínimo sentido del pudor me impide reconocerlo. Rememoro la visita a Alcañiz, abro la ventana y una nube amenaza mi cuerpo, mi ánimo de viajar con Isabel Gómez, no.

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