Fotogramas para recordar.

(por Javier Ordóñez Martín)

Éste, como casi todos mis viajes, comienza con una taza de café en la barra de un bar cualquiera. Allí, mientras observo atentamente a la camarera o a quienes trajinan en el local, suelo repasar mentalmente los detalles triviales del viaje. Sin embargo hoy, 8 de junio, veo a mi alrededor unos cuantos caretos conocidos que vaticinan un fin de semana “intensito” en Burgos. Entonces apuro lentamente el café, quizás sea ese el único momento de calma a partir de ahora, sonrío, pues de mi maleta sobresale la manga de una sotana y saludo cariñosamente a todos mis cómplices del culebrón matrimonial engendrado en Segorbe, ¿les suena?

Bien, tras los besos y los gritos de rigor al oído, supongo que en otra vida debimos ser sordos por tan extendida costumbre de chillarnos unos a otros, subimos al bus de Alfredo dispuestos a ocupar las plazas traseras que por supuesto representan la anarquía total, el caos y la desobediencia más absoluta en cuanto a las normas de viaje en bus. Pasan varias horas, todo el mundo se mea y entonces hacemos una parada histérica en mitad de la nada. Imaginen la situación; carreras a los baños, más gritos al oído, después a alguno de mis amigos se le antoja una Coca-cola de la máquina, a otra una bolsa de patatas fritas de la barra y yo, que sólo tengo dos manos para ayudarles, termino volviendo siempre al bus con la vejiga hinchada como el cadáver de un ahogado. C’ est la vie!

Unas horas más tarde llegamos al fin a Burgos. Hotel aceptable, habitaciones desahogadas, personal entregado y una parte de comedor reservada exclusivamente a nuestras “hordas” con objeto de minimizar daños al mobiliario minimalista. Tras dar buena cuenta de la cena nos lanzamos esa misma noche a la calle con un frío de Dios es Cristo en busca de un garito en el que socializar, palabrita muy del gusto de Isabel Gómez, entre nosotros o con quienes se acerquen al grupo.

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A la mañana siguiente visita guiada a una cartuja y a un monasterio medievales, pero tales detalles los dejo en manos de mi amigo y excelente cronista Juan Carlos Lázaro, y por la tarde bodorrio en la puerta de la catedral. A mí me tocó oficiar dicho evento, y debo confesar que en más de una ocasión crucé los dedos tras la sotana para no acabar todos en el cuartelillo acusados de disturbios públicos. Créanme, aquella grotesca puesta en escena parecía sacada de una película de Berlanga en la que la novia, oculta tras un velo tipo lámpara de Ikea, aceptaba por esposo a un novio ataviado con una americana de los chiripitifláuticos mientras los padrinos lloraban de la emoción, o tal vez porque les apretaban los zapatos. Luego cena en el hotel con solemnes sorbos a la crema de calabacín y brindis por los recién casado, en fin, toda una boda como Dios manda en el seno de un viaje entrañable.

Mi querido Burgos, te debía este relato.

A más ver, Javier que os aprecia.

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Una respuesta a Fotogramas para recordar.

  1. Leonardo dijo:

    Precioso relato!! Tras leer tanta crónica y artículos de este viaje envidio no haber estado. Ojalá tenga la oportunidad de ir con vosotros en alguna ocasión. Por cierto ¿a dónde vais la próxima vez?

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